4/23/2015

- ¡Feliz cumpleaños!



Mierda. Hace mucho que no escribo. Se me hace raro supongo. No lo sé.

¡Feliz cumpleaños! A pesar de que no me podés escuchar ni ver, te lo digo. ¡Feliz cumpleaños! A pesar de todo lo que pasó entre nosotros dos, te lo digo. ¿Por qué? Pues porque... aún te sigo recordando. Y extrañando. Cuesta admitirlo, pero así es. Cumplís ya treinta y dos años, y no es que seas especial... en realidad, lo sos. Pero no quiero que se vea como que te necesito. No lo hago. ¡No lo hago! Sigo pensando en vos. Sigo escuchando música pensando en vos, en lo bien que me hacías y todas esas cosas. Pero no te necesito. A pesar de que me sigo imaginando el momento en que nos reencontraremos. No te necesito. Ya no estoy tratando de encontrar una explicación o el motivo de los buenos tratos que me dabas. Tengo cosas más importantes en las que pensar supongo. Pero lo que ronda en mi mente... es que tal vez vos me alejabas de la vida de fracasada que tengo. Y tal vez por eso te quería tanto. Fuiste especial para mí y aunque niegue todas las mierdas que niegue, fuiste muy importante para mí. Sin duda todas las cosas que viví en estos años se resume en vos. Al decir tu nombre, al recordarte, al pensarte estoy en realidad invocando todo lo pasado durante estos años (que no sé cuántos son).

Ayer quería escribir. Hace días que me vengo sintiendo re mal y no sé si es por los síntomas pre menstruales o qué. Me negué a escribir ayer. "Tengo que escribir mañana, mañana es un cumple". Eso sonó en mi cabeza, en mi mente, y eso fue lo que me detuvo. Y aquí estoy: veintitrés de abril de dos mil quince, escribiendo sobre él y sobre mí mientras escucho Red de Taylor.

El martes es mi cumpleaños. Diecisiete años ya y no logro ni un pequeño triunfo. Soy tan patética.

Soy tan fea. Me siento tan mal. Me miro al espejo y digo "No puedo ser tan patética". Tengo ganas de cambiarme de colegio y así tener las cosas que en este colegio no puedo tener. Pero de qué sirve si no voy a cambiar nada. ¡No sirve de nada! Soy un puto problema y me odio por eso. ¿Acaso no puedo ser como las chetas de pelo lacio, lindas y con pibes alrededor? (¡No!). ¿Por qué no? ¿Tanto costaba hacerme así? Justo yo, Mariana, tuve que nacer así. Cof. 

No quiero meter todo en la misma bolsa. Leandro es una cosa y yo, otra. Ojalá pudiera verlo una vez más, pero no así. No así cómo estoy. Una Mariana renovada, diferente, linda, flaca, cuidada. Una Mariana perfecta. Eso es lo único que quiero. Y también quiero que Federico me mire. ¡Por qué no me puede dar bola! No soy linda para nadie. No soy importante para nadie. Y creo que ya me resigné a eso. Ya me acostumbré porque no estoy escribiendo esto ni con furia ni con tristeza, ni siquiera con llanto. Estoy escribiendo esto con la mente puesta en el Inmaculada Concepción de Lanús.

No sé. Desearía en estos momentos un abrazo de Leandro. O tal vez desearía en estos momentos que se alejara de mí (ahre que ya lo está). Por la mente se me viene a la cabeza la idea de que él estaba jugando conmigo...

De todas formas, feliz cumpleaños. Esto es para vos. Es exactamente lo que siento. Te amo.

Amarlo fue como manejar un nuevo Maserati hasta el final de una calle.
Más rápido que el viento, apasionado como un pecado, terminado tan de repente.
Amarlo fue como intentar cambiar tu mente una vez que estás listo para volar en caída libre,
como los colores en otoño, muy brillantes, justo antes de que los pierdan todos.

Perderlo fue azul como nunca pude haber sabido.
Extrañarlo fue gris oscuro y solitario.
Olvidarlo fue como intentar conocer a alguien que nunca te cruzaste.
Pero amarlo fue rojo.
Amarlo fue rojo.

Tocarlo fue como darte cuenta que todo lo que quisiste estuvo justo en frente tuyo.
Recordarlo fue igual de fácil que saber todas las canciones de tu vieja y favorita canción.
Pelear con él fue como intentar resolver un crucigrama y darte cuenta que no había una respuesta correcta.
Regresar con él fue como desear no haber descubierto que ese amor podría ser tan fuerte.

Perderlo fue azul como nunca pude haber sabido.
Extrañarlo fue gris oscuro y solitario.
Olvidarlo fue como intentar conocer a alguien que nunca te cruzaste.
Pero amarlo fue rojo.
Oh, rojo.
Rojo ardiente.

Recordarlo viene en flashbacks y ecoes
diciendome a mí misma que ahora es tiempo de dejarlo ir.
Pero moverme en frente suyo es imposible
cuando sigo viendo todo en mi cabeza
en rojo ardiente.
Ardiente, era rojo.


Oh, perderlo fue azul como nunca pude haber sabido.
Extrañarlo fue gris oscuro y solitario.
Olvidarlo fue como intentar conocer a alguien que nunca te cruzaste
porque amarlo fue rojo.
Yeah, yeah, rojo.
Somos rojo ardiente.

Y ese es el por qué él sigue rondando en mi cabeza.
Vuelve hacia mí, rojo ardiente.
Yeah, yeah.

Su amor fue como manejar un Maserati nuevo hasta el final de la calle.

4/01/2015

- Bebé.



Ayer vi una foto suya. No quiero sonar ruda o algo así, pero esa foto fue una de las pocas en las que salió bien. Salió... hermoso. Y eso me quiso amarlo más. No sé si es porque me demostró que sigue siendo una cara bonita para mí o porque en su mirada encontré algo que me hizo sentir reconfortante, algo que me hizo sentir como si estuviera en casa, como si viviera las cosas del pasado, cosas que son tan apreciadas por mí que hasta la actualidad siguen rondando en mi mente. Sí, todos sabremos, al leer esta entrada, que estoy hablando de los actos estúpidos que cometí mientras tuve contacto con él y de los cuales no me arrepiento.

No sé muy bien el tema de esta entrada. Yo solamente quería hablar de él. Lo extraño, quiero volver solo para verlo y todo lo demás ya lo deben saber. No puedo evitar pensar en él, así como tampoco puedo evitar imaginarme cómo hubieran sido las cosas de no haber repetido. No puedo evitarlo. Si aquello es un crimen, está de más decir que soy culpable. Y no crean que voy libre por la vida, saltando en una pata y canturreando "voy recordando cosas de él sin consecuencia alguna". No. Tengo una consecuencia, una terrible: estoy presa. Mi mente sigue allá, y me mortifica. Todas las cosas que hago, cada recuerdo suyo que aparece en su mente, me condena y me mortifica.

No quiero sonar exagerada. No quiero decir "mi amor por él quema con la intensidad de mil soles". No, no. ¿Por qué no? Pues porque no lo siento así. ¿Cómo lo veo? Como un amor-odio. Lo extraño. Lo amo. Lo quiero. Pero a la vez lo odio. A la vez tengo ganas de pegarle y decirle las cosas malas que pasan por mi mente.

Es raro. No es raro que siga viviendo en el pasado, que me siga preguntando qué es lo que tenía conmigo. Digo, soy Mariana, es obvio que eso es lo que pasa en mí la mayoría de las veces. Me mortifico por cosas que ya pasaron sin importarme el presente que estoy viviendo. En la actualidad digo, admito, confieso que el presente me importa una mierda y que lo único que me haría feliz sería volver a finales del dos mil once o al dos mil doce para poder verlo, para poder jugarle, para poder arreglar mis errores. Lo que es raro es esta sensación de obsesión en exceso que atrapa mi mente cada vez que me hago preguntas sobre él, sobre su vida.

Escribí poco para lo que tenía pensado escribir. Supongo que esto sería algo así como "Leandro: Entrega I".