2/27/2016

- Las noches que no mueren



Volví. Después de mucho tiempo volví. ¿A qué? No lo sé. No, no volví a Ian. Aunque ver su nueva foto de perfil de Whatsapp no ayuda mucho, me estoy resistiendo. Lo estoy superando. Mi mente está puesta en otras cosas. No sé bien en cuales, pero posta que es otra cosa.

Buenas noticias... Bien. Marina Diamandis viene el dieciséis de marzo. Saqué la entrada así que iré a verla, y eso me pone feliz. Mi papá me va a dar tres mil quinientos pesos por haber cuidado a mis hermanos todo el mes, y yo ya tendría que empezar a mandar curriculums a algún lado. Por otra parte van las "malas" noticias, que no son malas, sino más bien molestas. Mi abuela probablemente tenga cáncer de mama y la van a operar en unos días. Rezo porque todo salga bien, aún así en mi mente estoy viendo la manera de poder digerir eso ya que la muerte no es un tema que me cueste ignorar. Esta semana que pasó fui a rendir. Pasé de grado... en teoría. La preceptora dijo que tenía desaprobada Educación física... y es mentira. ¡La aprobé en diciembre! Me dan tanta bronca esa banda de inoperantes. El jueves le llevé el papel donde tenía escrita la nota y dijo que iba a hablar con la directora. Le iba a mandar un mensaje ayer, pero al final se lo voy a mandar mañana porque no me dijo nada y eso me saca de mis casillas absolutamente. 

Nicolás... sigo pensando en él. No de la misma forma de antes, pero sigo pensando en él. Es como si Bariloche y todo lo demás haya quedado en el pasado. No es para menos. Él terminó una etapa y comenzó otra muy distinta. La mayoría de las personas que conocí en Bariloche comenzaron una etapa y terminaron otra. Yo trato de sentirme indiferente, pero... de alguna forma eso me arrastra a mí. Yo todavía no terminé ninguna etapa, pero no veo la hora de empezar una nueva.

Hace tiempo vi una foto de Nico en la universidad. Se veía tan distinto, tan adulto. Es así cómo pega. Un día tenés diecisiete años y te la pasas haciendo boludeces con tus amigos de toda la vida, boludeces infantiles, y al otro día estás por cumplir dieciocho, estudiando para formar tu futuro, un proyecto que te va a llevar casi toda tu vida. Qué madurez. Todavía no creo cómo pasó el tiempo. Todavía sigo en segundo, enamorándome de Leandro.

Leandro... Jajá, sí. Leandro. ¿Se acuerda de él mi blog? Supongo. Mi primer amor que hoy parece no ser más que un simple profesor de matemática de secundaria... hasta que lo vea de vuelta. Vi fotos suyas también y un remolino de cosas se me vinieron a la mente. No veo la hora de verlo otra vez y que él también me vea, pero no de esta forma. De una forma más linda, mejor. Arreglada, madura... Ahora miro atrás. Todas las cosas que hice, las cosas que dije, fueron tan infantiles. Imposible creer que fui tan tarada para hacer esas cosas. Para creer esas cosas... Parece ser que pasaron años y años, pero no tres o cuatro, sino miles de años desde que estuve en ese salón de clases, observándolo por la ventana. Parece que hubiese pasado una eternidad desde la última palabra, desde la última mirada... No sé qué pensará o dirá de mí, y lo que es peor: no sé qué es lo que pienso o lo que digo de él. Lo que siento mucho menos.

Eso me hace pensar en el poder de la lejanía. Cuando uno está lejos, es más fácil olvidar, más fácil superar. Me hacía tanto dramas por él que ahora... ahora ya está. Ya no más. Desapareció de mi vida tan fácilmente que es imposible creerlo. Esa hubiese sido la solución. Y si quizás yo no hubiese sido tan ciega ni tan testaruda ni tan caprichosa, hoy mi realidad sería mucho mejor.

(No, no estoy echándole la culpa de nada, solo digo que todo hubiese sido distinto si este pensamiento que tengo ahora, lo hubiese tenido antes).